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A través de los años historias, leyendas y mitos sobre la magia han sido pasados de generación en generación, acompañados de grandes dudas y misterios que han prevalecido en la mente de todos aquellos que han tenido la fortuna de escuchar los fantásticos cuentos de sus abuelos. Aún así, a pesar de todas las leyendas, muchos aún se rehúsan a creer que tal cosa existe, categorizando tal práctica como ficcional y de cuentos de hadas. Sin embargo, la magia y hechicería es real, y ha estado entre nosotros desde hace muchos años.

 

Todo comenzó con el nacimiento de Thaschus Cæcilius Cyprianus en Cartago, Estado Púnico al norte de África en el año 200. El famoso clérigo y obispo de Cartago era diferente a las demás personas de su época, pues este poseía “poderes” o “habilidades” especiales que le permitían comunicarse con lo que él denominaba “espíritus”, pues en el siglo en el que él vivió era común catalogar de aquella manera a cualquier tipo de fenómeno paranormal que ocurría. El resultado de todo aquello era una mutación ocurrida en el genoma humano que le permitía poder acceder a lugares más profundos de su mente y utilizar capacidades aún desconocidas para los simples humanos. Claramente, y debido al tiempo en el que este gran hechicero vivió, aquello era desconocido y a pesar de convertirse en un clérigo, era fuertemente criticado por sus enseñanzas y creencias. Antes de su muerte escribió un libro, un libro donde relataba sus experiencias y diferentes formas de controlar sus habilidades, también dónde enumeraba una cantidad de hechizos. Aquel libro fue escondido y no saldría a la luz hasta que alguien como él naciera.

 

Siglos después, en el año 1001, un monje alemán llamado Jonás Sufurino tuvo contacto con los espíritus superiores de la corte infernal, quienes le dieron el libro en las cercanías del monasterio del monte Brocken, que en la antigüedad sirvió como lugar de reunión para los aquelarres de la “brujas”. El libro estaba escrito en pergamino virgen con caracteres hebreos. La única razón por la cual Jonás fue capaz de obtener aquel libro, fue porque era similar a San Cipriano en muchos aspectos, comenzando por el hecho de que ambos poseían aquella mutación en el genoma humano. A partir de él más personas así surgieron alrededor del mundo, la mayoría intentaban relacionarse entre ellos para así poder entender más sobre qué o quiénes eran. Lamentablemente las personas religiosas que aquellas épocas no dudaron ni un solo segundo en tachar a estas personas quienes solo eran un poco distintas a ellas y comenzaron a llamarles brujos, engendros del diablo, y muchas cosas más. Lo que vendría después sería su caza, pues al creer que estas personas eran engendros del demonio mismo, los humanos sentían que tenían la obligación de enviar a estas criaturas de regreso al “infierno”, el lugar donde según ellos pertenecían.

Durante los años, estas personas fueron acosadas y matadas, quemadas, ahogadas y demás cosas que uno no quisiera saber. Hasta que por fin a finales del siglo XVII se empezó a creer que todas esas leyendas de brujos y magia era nada más que cuentos para mantener asustados a los niños, fue allí cuando un gran mago surgió con una idea que reuniría a todos aquellos que eran como él.

 

Alastair Dùn Èideann era un mago que como todos los demás sentía la necesidad de ser aceptado, de poder vivir una vida normal con más personas como él. Los Dùn Èideann eran una de las más antiguas familias escocesas que tenían aquella mutación en su genética, y por ende era heredada a la mayoría de los bebés con ese apellido. Cómo es mencionado, Alastair tenía un sueño, y aquel era el de crear una ciudad o comunidad donde solos los magos, tal y como él pudiesen habitar. Un lugar dónde se les enseñaría a expandir más sus mentes y sacar todo el provecho posible de sus habilidades, explotandolas al máximo. Lamentablemente Alastair murió sin poder ver su sueño hacerse realidad.

Dos generaciones después, el nieto de Alastair, Fergus Dùn Èideann llevaría acabo aquel sueño que tanto su padre como abuelo compartían. En 1848, Fergus partió hacia el sur en un barco repleto de navegantes escoceses, yendo a una de las tierras recientemente conquistadas por los británicos. Fergus llevó a su familia y demás personas que como él eran criticadas por ser mínimamente diferentes e hizo su hogar en aquella ciudad que los nativos maori una vez habitaron.

Fergus sabía que aquel era el lugar indicado, pues brindaba la paz necesaria, sin comentar que los nativos les aceptaban y estaban más que fascinados con las habilidades de aquellos escoceses.

De esa manera Fergus se convirtió en el fundador de aquella ciudad que años más tarde llevaría su nombre, Dunedin, allí fue donde construyó el famoso castillo de Larnach, el cual serviría como una escuela para todos aquellos que pudiesen controlar la magia.

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